Una declaración de visión en 3 escenarios

Escenario 1: La isla

Estás sentada en la arena fresca y dorada de una pequeña playa. Tu ropa está mojada y destrozada, pero te sientes bien. No estás segura de cómo llegaste allí, lo último que recuerdas es que estabas de pie en la cubierta de un gran barco mirando el mar sin fin. Te das la vuelta para ver lo que te rodea. Detrás de ti hay una selva espesa y verde, bañada en la luz cálida de la puesta del sol. No hay nadie más a la vista. Algo te dice que estás sola. Es una isla desierta. Te sientes bien y extrañamente tranquila mientras la luz del sol alarga las sombras de las pequeñas conchas que hay esparcidas por la arena. Te pones a pensar. Piensas en las personas a quienes quieres, en las personas que te quieren. Fantaseas sobre construir una cabaña para vivir y comer la fruta de las palmeras. Las horas pasan, el cielo se vuelve naranja intenso y mientras te acuestas sobre la arena suave y miras el cielo, comienzas a pensar en tu proyecto, tu creación, tu trabajo. Tu perspectiva es diferente. Puedes ver tu proyecto con distancia por primera vez. Y empiezas a ver lo que le da al mundo, cómo se integra en él, cómo el mundo va a cambiar si sigues adelante, si haces tu proyecto fuerte. Y te das cuenta de que comienzas a sonreír al mismo tiempo que tienes este pensamiento: «El mundo me necesita, el mundo necesita mi proyecto».

A lo lejos, débilmente al principio, el sonido de la sirena de un barco se deja oír por encima del rítmico batir de las olas.

Escenario 2: La mujer

Estás en una espaciosa oficina con el piso de madera lustrada, estás solo con una mujer vestida con un traje sastre ajustado de lino de color marrón claro. Estáis sentados uno frente otro, cómodamente, en amplias sillas tapizadas de color beige, no hay ningún escritorio entre los dos. Estás intentando venderle tu proyecto; ella puede brindarte el apoyo económico y logístico que has soñado. Ella escucha tus palabras con atención e interés mientras le describes magistralmente tu proyecto. Te detienes un momento, inspiras profundamente, te centras y esperas alguna pregunta o signo de interés. Tu único público te mira con una sonrisa en sus ojos y después de un momento de silencio, con respeto, dice: «Me gusta. Solo tengo una pregunta antes de darte todo mi apoyo: ¿Qué trata de lograr tu proyecto en el mundo?»

Escenario 3: El círculo

Te han invitado a una reunión. Entras en una gran habitación con muchas sillas dispuestas en un amplio círculo. Hay muchas personas y todas empiezan a tomar asiento tranquilamente y sin prisa. Al mirar alrededor, empiezas a reconocer muchas caras y de repente te das cuenta: te encuentras en una reunión con los visionarios más importantes del mundo, líderes, pensadores y grandes maestros de todos los tiempos. Hay gente de todos los tonos de piel que te puedas imaginar; son altos, bajos, grandes y pequeños; son mujeres y hombres de todas las edades. Estás segura de que algunos de estos líderes no podrían estar vivos aún. Sin embargo, aquí están juntos en esta sala, como si el tiempo no tuviera ninguna importancia. Y ahí estás —de pie entre ellos. «Debe haber habido una confusión en las invitaciones», murmuras incómodamente para ti misma sintiéndote incómoda y fuera de lugar.

Siguiendo el ejemplo de las demás personas que hay en la habitación, tomas asiento en el gran círculo de sillas y te sientas sin hacer ruido preguntándote qué va a pasar. Espontánea y naturalmente, todos, las mujeres y los hombres de la sala, empiezan a hablar uno por uno, por turnos, mientras todos los demás escuchan en silencio con mucha atención y paciencia. Cada uno expone breve y simplemente su visión de cómo les gustaría que fuese el mundo y cómo, con su trabajo particular, se esfuerzan para hacer realidad su visión. Comienzas a ponerte nerviosa y sientes cosquillas en el estómago. No te gusta este tipo de ejercicio. Sin embargo, mientras estás sentada en silencio y escuchas, te das cuenta de que nadie parece incómodo y a nadie le cuesta encontrar palabras para expresar sus ideas. Y nadie juzga o critica nada de lo que los demás dicen; todos parecen aceptar realmente todo lo que exponen. Parece que lo más importante es, sencillamente, que las palabras les salen del corazón. Y esta manera de hablar relaja el ambiente de la sala. Y te empiezas a sentir un poco menos nerviosa, un poco más alerta… y más curiosa.

Mientras tanto, la reunión continúa, poco a poco, progresando alrededor del círculo persona por persona, visión por visión. Quedan unas cinco o seis personas antes de que te toque hablar. «Sí, claro», piensas con un poco de sarcasmo, «todos dominan esto de exponer su visión. Eso es todo lo que hacen durante todo el día: pensar en cómo podría o debería ser el mundo y cómo sus proyectos pueden ayudar a que eso suceda». Y en ese preciso momento, te das cuenta de algo: que tú no te has puesto a pensar ni un minuto en eso, en cómo te gustaría que tu proyecto influyera en el mundo. «Definitivamente, ha debido de haber un error», balbuceas para ti misma. «Es evidente que alguien ha cometido un error al invitarme. ¿Qué hago yo aquí?»

Sin embargo, una voz dentro de ti, te dice: «Un momento, no tan rápido, tal vez no sea un error después de todo. tienes una visión, simplemente no hablas de ella, pero está ahí».

Todo lo que se necesita es encontrar una frase que ayude a dar forma a las ideas. Por ejemplo: Hago este proyecto porque creo que el mundo necesita _________.

O, si más y más personas se implican en mi proyecto (organización, producto, servicio, empresa), entonces nuestro mundo _________.

O bien, creo que al llevar a cabo este proyecto más gente podrá _________ y el mundo sería _________.

O, se podría responder esta pregunta: Si este proyecto tiene mucho éxito ¿qué cambiaría en el mundo? ¿Qué va a ser diferente y cómo sería?

«Muy bien», piensas para ti misma mientras inspiras profundamente. «Tengo la oportunidad de impulsar grandes ideas, una visión global, de dar forma a mis ideas que tratan del cambio, del progreso, del desarrollo humano, de la mejora del mundo y la humanidad. Esta es mi oportunidad de sentarme en un círculo de maestros y líderes y hablar su idioma, el idioma de los visionarios.»

Y con ese último pensamiento sientes el silencio en la sala: Es tu turno. Al abrir la boca y empezar a hablar te sientes tranquila —estás hablando con el corazón. A medida que las palabras te salen de la boca, degustas su sabor y te deleitas con su sonido. Los demás, que están sentados alrededor del círculo, están escuchando con gran atención e interés, asintiendo con la cabeza mientras tu declaración de visión llena la habitación­ —sin esfuerzo alguno.

………………..

Nota de la autora:

Todos somos visionarios en algún momento u otro.

Imagínate: ¿Qué pasaría si las visiones que tenemos de cada uno de nuestros proyectos y sus contribuciones al mundo se hicieran realidad tal y como las habíamos imaginado. ¿Cómo sería?

Uau!