Cuando tu talento está en llamas, encontrar el lenguaje perfecto es tu estrategia más refrescante

Fuera, Barcelona estaba ardiendo.

Dentro, los camareros con chaquetas blancas se afanaban a mi alrededor. Y eso era exactamente lo que quería: aire acondicionado, un sitio para mí durante el tiempo que lo necesitara, unos profesionales atendiéndome, un menú mediterráneo y un vaso de agua mineral con hielo y limón.

Un paraíso temporal.

En una ciudad en llamas.

Fuera, hacía mucho calor; era un día de julio en Barcelona con un sol abrasador.

A los habitantes de esta ciudad nos ocurre una cosa muy curiosa cada verano —sufrimos una amnesia colectiva. Nos olvidamos de cómo es el verano —de cómo es siempre. Y para expresar este curioso trastorno celebramos una especie de ritual verbal y emocional. No nos ponemos de acuerdo ni nada de eso, pero todos a la vez nos sentimos de golpe abrumados por el calor. Nos parece increíble y las bocanadas de aire caliente nos encienden la piel, nos llegan al alma y nos marchitan el ánimo, como si nunca antes hubiéramos sentido algo parecido.

Cada año, un día del mes de julio, nos despertamos una mañana y el verano ya está aquí. Hace un calor sofocante —con un porcentaje de humedad que aumenta con cada tic del reloj reblandecido. Y, esa mañana, todos estamos completamente sorprendidos —a la vez. Desde ese momento, como nadadores sincronizados, empezamos a saludarnos usando el mismo lenguaje, las mismas frases. «¿Cómo te va?» se sustituye por «Quina xafogor! Em moro de calor!» o «¡Uf! ¡Hace un calor insoportable!» Este cambio temporal en nuestro código de lenguaje cultural ocurre como si estuviera dictado por un guión escrito por alguien ajeno a nuestras vidas terrenales. Juntos, suspiramos, sudamos, gemimos, nos abanicamos y nos quejamos con una dolorosa coreografía teatral como si sintiéramos el calor por primera vez en nuestra piel de recién nacidos.

Es un ritual con un lenguaje común centrado en el calor que de alguna manera vuelve a unificar la cultura por si nos hubiéramos ido por el mal camino y distanciado unos de otros. Todos hacemos los mismos gestos con las manos y fruncimos los labios mientras dejamos escapar un suspiro y levantamos la cabeza para dar a entender nuestra impotencia y abandono ante el implacable dios del clima.

Así que, en el frescor de mi refugio temporal, empecé a hacer lo que vine a hacer y saqué de mi cartera dos carpetas marrones con los nombres de dos clientes nuevas escritos en la parte superior de cada una.

Estaba allí para preparar mi trabajo con ellas. Las dos carpetas guardaban las notas y documentos en los que había esbozado las historias y las necesidades de estas dos clientes, que comenzarían sus sesiones de strategic mapping de sus proyectos al mismo tiempo.

Ahora, quizás te preguntes qué tienen que ver el calor, el lenguaje y estas dos profesionales unos con otros y, más importante aún ¿qué importancia tiene para ti, querido lector?

¿Por qué no tomas una silla y me acompañas en esta mesa tranquila en este restaurante encantador y te lo cuento? Creo que te resultará interesante.

Sonríes, aceptas mi invitación y llamo al camarero que rápidamente se acerca a nuestra mesa. «¿Podría traer otro cubierto, la ensalada del día y un agua fresca para mi invitado?», le pido. «Pues claro», dice y se aleja con diligencia.

Mientras te acomodas en la silla, dejas tus cosas y te acercas a mí y a la mesa, pongo las dos carpetas entre nosotros como parte del atrezo —su contenido detallado, por supuesto, es confidencial— y tomo un sorbo pausado del agua fría con limón. El sutil amargor cítrico captura mis sentidos y me aleja de la ola de calor que me espera pacientemente al otro lado de las pesadas puertas de madera del restaurante.

El cielo en la tierra, sonrío para mis adentros.

Ahora, cómodamente sentados a la mesa, me miras y luego miras las carpetas con curiosidad. Aquí hay una historia —puedes sentirlo. Te apartas un poco de la mesa con amabilidad para dejar que el camarero ponga un vaso lleno delante de ti.

Tomas un sorbo y regresas a nuestra intimidad. Paso mi mano por las carpetas y toco cada una con la punta de los dedos.

«Estas dos personas —comienzo— vinieron a mi oficina el mismo día. Había programado reuniones de presentación con ellas para que pudiéramos tomar un té y hablar de sus necesidades concretas.

Ambas decidieron comenzar el proceso de strategic mapping ese día. Eso es raro en mi trabajo como consultora. Dos clientes nuevas el mismo día con pocas horas de diferencia.

Las dos son inmigrantes», continúo. «Una es de América del Norte y la otra es de Francia, aunque las dos llevan mucho tiempo viviendo en Barcelona. Se llevan 23 años de diferencia de edad. También son muy diferentes en el lenguaje corporal, el comportamiento, el tono de piel y el estilo de vestir. Una lleva una melena larga y la otra lleva el pelo corto con un corte deportivo.

Tienen experiencia profesional en campos diferentes y sus empresas se dirigen a públicos y perfiles de clientes completamente diferentes. Sin embargo, a medida que conocí sus historias, vi que había aspectos de estas dos personas y de sus necesidades que eran llamativamente similares.

Y esta es la parte de la historia —te digo con una sonrisa— que creo que tiene algo que ver contigo».

Hago una pausa por un momento y, justo entonces, el camarero trae el plato principal de la comida —una gran ensalada verde con trozos gruesos de atún fresco a la plancha, aceitunas negras y trozos de queso feta con vinagreta balsámica.

Qué bueno. Una comida perfecta para un día de verano.

Nos adentramos en el ritual de comer mientras continuamos nuestra conversación. He despertado tu atención porque ahora quieres saber qué tienen que ver estas personas y sus proyectos contigo —cómo podría conectarse su historia con la tuya.

Empiezas a comer con ganas y de vez en cuando coges trocitos de pan para mojar en la sabrosa vinagreta que se ha escurrido hasta el fondo de tu cuenco.

Lo siguiente que me oyes decir hace que se redoble tu atención.

Te cuento que las dos personas que vinieron a mi oficina ese día de julio tienen algo maravilloso, algo verdaderamente especial —tienen talento. Un talento audaz, rico y único. Más talento, incluso del que ellas mismas han comenzado a identificar y nombrar formalmente. Pero pude verlo con claridad.

Dejo de hablar para disfrutar de un bocado de brotes frescos y, mientras gozo con su sabor, me acuerdo de una pregunta que solía hacerme hace poco tiempo. Me preguntaba por qué, en los últimos años, varias personas con talentos tan interesantes, únicos y brillantes se habían presentado en mi oficina. Al principio pensé que era poco menos que un milagro. Luego, me di cuenta de que había algo más en juego.

Me di cuenta de que nuestro sistema económico, en el que hasta ahora confiábamos, y los ambientes de trabajo que lo acompañan habían estado ayudando a las personas a esconderse tras los roles del trabajo institucionalizado. Muchas personas nunca tenían que definir realmente lo que les gustaba hacer, lo que les apasionaba, lo que querían dar al mundo y cómo lo querían cambiar. No tenían que arriesgarse a que las vieran.

Ahora las cosas han cambiado. Algunas comienzan a salir de sus escondites y dejan brillar sus talentos. Y el mundo parece estar lleno de gente con talento.

Con los cambios económicos y sociales, muchas personas pierden sus trabajos o eligen abandonar sus antiguos entornos profesionales y se buscan a sí mismas de una manera nueva. Para muchas de ellas, las autodescripciones de su curriculum vitae se han vuelto restrictivas y anticuadas y ya no responden a las necesidades emergentes. Aunque estos cambios hacen que se sientan vulnerables e inseguras, se atreven a explorar nuevos territorios de sí mismas, nuevas posibilidades —para sobrevivir.

Algunas personas están empezando a reexaminar las habilidades que tienen y lo que les apasiona para crear un nuevo tipo de identidad profesional. Y algunas, quizás por primera vez, se dan cuenta de que tienen un talento único y maravilloso y quieren saber cómo ese talento puede encajar en el mundo de hoy y cómo pueden ganarse la vida con él —por cuenta propia en la mayoría de los casos. Están tratando de crear nuevos proyectos para una nueva economía.

Regreso de mis pensamientos, me paso la servilleta de tela blanca por los labios y reanudo nuestra conversación.

Te digo que esto es lo primero que estas dos nuevas clientes tienen en común entre ellas y contigo. Estaban ardiendo de talento. Su talento estaba en llamas —y podían sentirlo.

Y hay algo más.

Tener un talento maravilloso no es suficiente. No importa lo ardiente que sea o que esté en llamas, ni lo mucho que lo sientas, debes darle forma —debes darle una forma que permita que la gente lo vea. Debes construir un sistema, un proyecto, una empresa que ofrezca tu particular conjunto de habilidades a los demás y hacerles saber exactamente cómo va a contribuir a cambiar sus vidas.

Tienes que encontrar el lenguaje adecuado para comunicar tus habilidades y tu pasión, para comunicar con claridad tus proyectos y tu visión en una economía en movimiento. Tienes que encontrar una voz que sea completamente tuya.

Hago una pausa momentánea y bajo la voz. Acercas tu silla un poco más a la mesa.

Lo segundo que me sorprendió aquel día de julio fue lo que las dos me dijeron durante nuestras primeras reuniones con solo horas de diferencia la una de la otra, en frases casi idénticas, una en español y la otra en inglés.

Ambas dijeron «Tengo que encontrar las palabras precisas».

Sabían que necesitaban el lenguaje perfecto para describir y expresar al mundo sus habilidades particulares, sus pasiones y sus ideas. Sabían que encontrar sus voces únicas sería la clave de su éxito.

Y tenían razón.

No es fácil encontrar tus propias palabras, tu propia manera de conectarte con el mundo mediante el lenguaje. En primer lugar es necesario analizar, buscar y definir qué es lo que quieres ofrecer y cómo quieres ofrecerlo. Es en lo que ayudo a mis clientes en el proceso de creación de un mapa estratégico. Los ayudo a encontrar su propia voz para comunicar con claridad su proyecto y su talento. Los ayudo a establecer una conexión fuerte con su público objetivo.

Los animo a resistirse a decir lo mismo que dice todo el mundo. Ahora es el momento de crear sus propios rituales y ritos. Los ayudo a sentir que está bien dejar la comodidad del lenguaje memorizado y las frases de moda y a atreverse a saltarse las reglas de la natación sincronizada para desarrollar un lenguaje fresco que ponga de manifiesto su propio talento y su visión profesional.

Mientras me escuchas, me sostienes la mirada y tus ojos brillan con reconocimiento. Puedo ver que te estás preguntando cuáles son tus propias palabras y la forma de definir tu talento.

Decido hacerte algunas preguntas que podrían estimular una nueva percepción:

Sobre tu talento:

  • ¿Te has parado a pensar recientemente en la dimensión total de tus talentos en este momento particular de tu vida?
  • ¿Puedes nombrar o identificar cuáles son tus talentos o habilidades básicas?
  • ¿Has tratado de abandonar las descripciones usadas en trabajos anteriores o en el currículum para ver cuáles son tus talentos y pasiones subyacentes?
  • ¿Puedes decirle a alguien de una manera muy sencilla qué es lo que te encanta hacer?

Y para desarrollar tu propio lenguaje:

  • ¿Cómo les describes a los demás lo que haces o quieres hacer profesionalmente en este momento de tu vida?
  • ¿Has puesto un nombre claro a lo que ofreces al mundo en este momento?
  • ¿Cómo comunicas lo que tus talentos particulares harán o cambiarán para los demás?
  • ¿Usas un vocabulario sencillo, fresco y fácil de entender por tu público?
  • ¿Tus palabras describen claramente lo que ofreces por muy complejo que sea el proyecto o idea?

………..

Nos sentamos en silencio durante un minuto y veo que has terminado tu ensalada y has apartado el plato vacío a un lado.

Me como los últimos bocados de atún, tomo un trocito de pan, describo un círculo en el cuenco y me lo meto en la boca.

Delicioso.

El camarero aparece de la nada, recoge los cuencos vacíos y pregunta si queremos postre. Lo negamos con la cabeza y propongo tomar un café antes de volver a salir a la calle fundida por el sol.

«¿Qué tal un café con hielo?», sugiere el camarero.

Los dos nos miramos el uno al otro y asentimos. «Será perfecto —le dices al camarero— porque ¡Uf! ¡Hoy hace un calor insoportable!».

Nos reímos y hasta el camarero sonríe.

Me imagino lo que estás pensando.

Puedes estar pensando que tu talento está vivo y ardiendo dentro de ti. Sí, tu talento está en llamas y sabes que necesitas el lenguaje perfecto para servir a tu público, para conectarte con él. Necesitas el frescor de las palabras precisas.

Y eso es algo maravilloso en lo que pensar mientras esperamos juntos, con anhelo, que nos sirvan ese café.

………

Tratamiento técnico y artístico de imágenes: INDAStudio

Imagen de la nadadora: Swimming in a swimming pool de Andrea Cook 

Traducción al español: Ernesto Gómez